Análisis sobre The Bridge
Desde el comienzo de The Bridge, podemos predecir con qué nos vamos a encontrar: un hombrecito de saco y corbata, anteojos y barba duerme bajo un árbol que debemos agitar para que le caiga una manzana en la cabeza. No cabe duda de que el hombrecito se trata nada más ni nada menos que de la representación gráfica de M.C. Escher, que el paisaje es “de grafito” como la mayoría de su obra y que la presencia de Isaac Newton fue el recurso clave del que el artista se valió para crear esos universos pasibles de pertenecer a otro planeta. Es realmente importante tener en mente a esos dos personajes al momento de jugar.
The Bridge es un homenaje a ese mundo mágico que M.C. Escher construyó refugiándose en su mente mientras ardía la Segunda Guerra Mundial puertas afuera. El juego se prende de ese arte magnífico para crear un rompecabezas que debe resolverse a través de una física irreal y leyes que cambian en cada capítulo para volvernos bien locos. No es un juego fácil, es bastante pretencioso y exigente, ideal para quienes gustan de restregarse los sesos y experimentar una enorme sensación de satisfacción al finalizar cada desafío.

Desde ya, tramar el complejo universo ilustrado por el artista holandés para construir la superficie del juego es una tarea bastante complicada. Los creadores de The Bridge mostraron talento a la hora de desenmarañar esas pictografías de mundos imposibles donde varias escaleras se encuentran en posiciones que las harían inservibles y los hombrecitos caminan en vertical o invertidos como si pudieran controlar la gravedad. Se nota el gran esfuerzo en darle vida al trabajo del artista: da la impresión que cada recurso utilizado en el juego es una pieza que el mismo Escher tuvo en cuenta a la hora de plasmar su razonamiento maravillosamente intrincado en ilustraciones que dejan a uno con la boca abierta. The Bridge garantiza una mayor comprensión de ese razonamiento matemático, sólo para seguir apreciando aún más el ingenio del artista homenajeado.
Podría decirse que el juego se divide en capítulos y que cada capítulo se subdivide en seis niveles. Los niveles equivalen a verdaderos cubos mágicos virtuales. El personaje se encuentra encerrado allí y debe hallar la forma de alcanzar la puerta sólo para salir a otro maldito cubo que prolongará el sufrimiento y la desesperación.
Si hay algo al que el juego no da lugar es el acostumbramiento. Tan sólo con pasar un par de niveles, empezamos a encontrar nuevos elementos o físicas que hacen más complejo el panorama. La gravedad, la inversión y luego el revés (o espejo) de esas dos no son las únicas piedras en el camino hacia la salida: también encontramos vórtices que absorben e inmovilizan al personaje, balones asesinos que ruedan con el movimiento del cubo, llaves que tienen una gravedad independiente, el vacío infinito y la desesperante supresión de la luz, entre otras.

Sin embargo, además de las pistas que no a todos les gusta usar, contamos con una herramienta esencial: cuando la resolución se vuelve imposible por cualquier circunstancia, podemos retroceder en el tiempo, elegir en qué punto retomar la acción y remendar el daño. Esa posibilidad de “prueba y error”, además de ciertos elementos visuales, recuerda un tanto a Braid, la creación de Jonathan Blow, que al momento de su lanzamiento, pareció marcar un nuevo rumbo para los juegos independientes.
Dado el notable empeño en lograr un mapa de juego sumamente complejo y un arte que se muestra como una evolución del 2D (soslayado bajo el imperio tridimensional), no es ilógico pensar que The Bridge aspire a instalar otro “antes y después” en la industria de los indie games además de convertirse, con el paso del tiempo, en un juego de culto. Que lo logre, por supuesto, es otra cara de la historia.
Un punto débil del juego son los achievements, que resultan poco cautivantes por dos razones. La primera, porque es difícil enterarse de que el juego efectivamente tiene achievements ya que no están visibles en el Inicio, la probabilidad es que uno se entere de casualidad cuando presiona Esc para salir o reiniciar un nivel. La segunda, porque alcanzar otros logros reporta poca o ninguna satisfacción, comparada con la “alegría” que significa llegar al objetivo final.

El concepto íntegro de The Bridge nos lleva a pensar que tal vez no exista un “puente” verdadero hacia la salida, que la existencia del personaje encerrado en un cubo se hace cíclica y cada vez más complicada, como la vida misma. Considerando esa postura existencial y la dificultad (que no necesariamente deriva en verdadero entretenimiento), es fácil concluir que The Bridge no ha sido pensado para llegar a un público amplio sino más bien a una minoría que busca algo más desafiante. Incluso, el arte en blanco y negro parece una provocación a esos diseños de colores balanceados que hoy adornan muchos de los juegos de gran difusión y baja complejidad.
Con todo, The Bridge se destaca por su arte laberíntico, una historia sobre Escher enjaulado en su propio imaginario infinito y una dinámica que obliga a abandonar todo criterio lógico. La experiencia con este juego puede resultar tanto en amor como en odio o en alguna rara transición entre esos opuestos, pero lo importante es que logra ser única.
Si querés saber más acerca de The Bridge, visitá el Sitio Oficial del juego.










